MIS QUERIDOS DETALLES A VECES OLVIDADOS
EN UN RINCÓN
Es curiosa la actitud caprichosa de la memoria y de lo precisos que pueden ser los recuerdos sobre los pequeños detalles, aquellos que al ser evocados irreflexivamente hacen surgir un esbozo de sonrisa en la comisura de los labios y un suspiro de añoranza de viajes improvisados y aventuras de ritmo tranquilo por paisajes no siempre idílicos, pero seguramente irrepetibles.
La pose era bastante cómoda, recostada en el sofá, sobre varios cojines de rayas multicolor, a una distancia corta de la mesa baja del salón, donde esperaba mi taza preferida -la que tiene un estampado de piel de vaca frisona- con un recién puesto café con hielos, bien fresquito, para aliviar el calor tan típico de las tardes de verano. Estaba practicando un ágil, de acostumbrado, cambio de canal para escudriñar el panorama vespertino de los programas de televisión. La imagen de una archifamosa del rosa chicle ocupaba casi toda la pantalla, con su actitud chulesca de siempre y sus respuestas chillonas a preguntas de cotillas profesionales con alcachofa de por medio.
Ahora que rememoro aquel instante de inspiración, ni tan siquiera recuerdo las declaraciones concretas de las que presumía la famosilla de voz estridente… Por algo digo que la memoria es caprichosa, ya que tan sólo recuerdo haberme fijado, casi por puro azar, en un fragmento de la pantalla, aquel en el que se veía parcialmente la entrada de un hotel, con su lustroso rótulo de letras metálicas justo encima de la puerta principal.
Lo reconocí al instante, era el hotel en el que había estado alojada durante una Semana Santa, hacía unos siete años. Me había apuntado con entusiasmo a pasar unas prometedoras vacaciones románticas, que había planificado con extraordinaria meticulosidad mi pareja por aquel entonces, un compañero de Universidad, con el que salía hacía tan sólo tres meses.
Las cenas con velas, champán y rosas rojas estaban aseguradas casi por contrato prematrimonial, como le hubiera gustado decir a él; se le notaba mucho que iba para abogado -seguro que a estas alturas ya ha hecho uso de sus conocimientos de abogado matrimonialista para divorciarse por segunda o tercera vez, el muy pendón, que seguro que a su mujer le ha puesto la cornamenta, del mismo modo que me la puso a mí-. Recuerdos agridulces de ex-amantes aparte, el caso es que por un momento reviví intensamente, con la pantalla de famosa y puerta de hotel delante de mis ojos, los detalles más tiernos y cálidos que parecen haberse anclado plácidamente en mi memoria.
De golpe, improvisados, casi atolondrados, y cronológicamente desordenados. Así vinieron a mi mente las sensaciones y recuerdos que daba ya por perdidos hasta que ese vistazo inesperado me los devolvió intactos a mi retina mental.
Reviví la primera vez que mi cuerpo durmió semidesnudo en unas sábanas de seda; la piel, mi piel, se convirtió en un órgano sensorial fascinante y la palabra “retozar” cobró sentido al restregarme gustosa y alegremente sobre las sábanas de la cama recién abierta.
Al momento recordé otra fugaz travesura, que con el tiempo ya casi he convertido en costumbre conforme he ido visitando habitaciones de hotel. En aquella ocasión, nada más entrar en la habitación, vi frente a mi la puerta del baño y no pude resistirme a la tentación de husmear por todos los rincones, abriendo todo tipo de envoltorios en un frenesí inútil por estrenar aquel pequeño ajuar de bienvenida hotelera: el del jabón de manos, el del gel de ducha, el del champú, el de la colonia, el de la esponja, el del vaso de los enjuagues de boca…Los abría, los olía, vertía los líquidos en las yemas de mis dedos para notar su tacto… Sentí una extraña y refrescante sensación de limpieza, de estreno impoluto, que sólo he conseguido tener en las habitaciones de hotel, y que en aquella ocasión fue un tanto especial porque todos los productos venían en cestitas, una rosa con productos para mí, y otra de color azul para él, con lociones de afeitado y demás bártulos de aseo masculino.
Al recordar aquella coqueta cesta rosa di un respingo en el sofá y no tardé ni dos segundos en subirme en una silla para acceder a la parte alta del armario del salón, donde guardaba algunos álbumes de fotos, juegos de mesa, un par de viejos trofeos de jugar al mus y, algunos objetos sin sentido, más bien pequeñas joyas hechas de recuerdos y regalos especiales que se van acumulando en ese pequeño rincón del armario, a modo de baúl de los tesoros escondidos, al que sólo se accede por medio de un mapa mental de recuerdos imborrables. Era el momento de desempolvar recuerdos, por mero placer, por sentir una vez más que la vida tiene sentido, que se puede ser feliz tal y como lo demuestran los momentos hermosos que han ido surgiendo por el camino.
Comencé por sacar la cestita rosa, seguí por el llavero con forma de elefante de cuando estuve visitando el zoo, varias entradas de conciertos de grupos que ya no existen, una bolsa llena de canicas de todos los colores…
FIN
Ana María Osés
ENHORABUENA!!!
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EL ULTIMO TRAYECTO
Agazapado en el fondo de una oscura y húmeda cueva, respiraba con dificultad. Tenía el músculo de una de las patas traseras desgarrado y chorros de sangre carmesí brotaban de la herida. Sabía que no tardarían mucho en encontrarlo si seguían el rastro de sangre que había ido dejando hasta llegar allí.
Su única oportunidad de sobrevivir residía en lograr sorprenderlos en la oscuridad de su refugio. Así, podría abrasarlos con su llama.
Intentó mantener la mente lúcida a la espera de sus perseguidores, pero irremediablemente los recuerdos acudían a él en tropel, nublando sus sentidos.
Lo primero que recordó fue su infancia en las grandes llanuras de la sabana. En aquella época él no era más que una cría indefensa, pero bajo la atenta mirada de su madre, la diosa de los cielos, consiguió aprender a cazar y a vivir por su propia cuenta.
Rápidamente abandonó el lugar que había sido su hogar. Parecía descabellado, ya que en él siempre abundaba la comida para quien, como los de su especie, atacase desde el aire.
Primero voló hasta Australia. Allí encontró lugares donde parecía que la tierra se había elevado hasta dejar al mar doblegado ante sus enormes precipicios. También disfrutó de las frondosas selvas plagadas de criaturas extrañas que huían a su paso. Tuvo que abandonar esos parajes al no encontrar alimento de su gusto.
Se dirigió hacia el noroeste, donde topó a unos temibles gigantes blancos obstruyéndole el paso. No obstante, al creerse la criatura más poderosa que poblaba la Tierra no temió enfrentarse a esos colosos.
Lo que él no sabía era que las níveas moles tenían la fuerza de las tormentas y las ventiscas. Tuvo que huir con su orgullo herido. Casualmente, en su huída, se topó con una manada migratoria. Normalmente, no solían viajar en grupo, pero cuando el viaje era largo preferían la fuerza de la unidad.
Cruzaron el océano Atlántico enfrentándose a las tormentas tropicales que azotaban sus aguas. Aunque fueran los dioses del cielo, no tenían la capacidad de volar por la tranquila y cálida capa de la estratosfera por su falta de oxígeno en ella.
Cuando tocaron tierra, cada uno marchó por su propio camino. Volvió a ser demasiado temerario esta vez también. Cuando llegó a la selva Amazónica no tomó precauciones y se durmió en el suelo. Su gruesa piel de escamas lo protegía de los molestos insectos y los demás animales no se acercaban a él por temor. Bueno, todos menos uno. Una gran y hambrienta anaconda intentó asfixiarlo, para más tarde devorarlo. Lo rodeó lentamente y cuando empezó a contraer su sinuoso cuerpo él se despertó. Gracias a su fuerte mandíbula y a sus afiladas garras consiguió zafarse de la serpiente tras una encarnizada batalla. Esta vez su orgullo herido murió y tuvo un ala lastimada durante unas cuantas semanas.
También huyó de esos parajes. Temía encontrarse con criaturas más fuertes que él. Temía volver a arriesgar su vida por vanidad o ignorancia.
Viajó lejos y conoció los climas fríos del norte de Europa. Descubrió que exponiéndose largo tiempo a temperaturas frías, su cuerpo necesitaba descansar más horas y recibir mayores cantidades de alimento, para compensar las escasas horas de sol y la pérdida de calor de su escamoso cuerpo de reptil. Sin embargo, pasado el invierno, pensó que quedarse un año más vagabundeando por aquellas tierras antes de marchar hacia el lugar de apareamiento sería una buena idea. Su madre le había contado que los de su especie viajaban cada primavera a las pirámides de Egipto y allí encontraban a su pareja. En un ancestral y dual vuelo alrededor de las grandes pirámides egipcias la pareja consolidaba su unión. Más tarde, la hembra viajaba hacia la sabana para criar a sus retoños. Rara vez permitían que el macho las acompañase. Eran meticulosas cuando de trataba de sus crías.
Al final, se había quedado atrapado a mitad de camino. No conseguiría llegar a ver una pirámide jamás. Podía oír los ladridos de los perros a los lejos.
Intentó despejar completamente la mente alejando de si esos recuerdos que ahora tan dolorosos le resultaban.
No tuvo que esperar demasiado hasta que oyó como los hambrientos perros entraban en la cueva siguiendo el olor de la sangre. Los humanos con cuernos en la cabeza venían tras ellos.
Respiró hondo y cuando sintió a los perros acercarse a él lanzó una llamarada al frente. Mientras dos perros ardían vivos, ayudado por la luz de las llamas alzó el vuelo evitando tomar impulso con la pierna herida y arrancó de un mordisco la cabeza a uno de los humanos. Enseguida, el resto de los bárbaros le cortaron el paso de salida. Lo apuntaban con sus lanzas y amenazaban con sus hachas. Furioso rugió y volvió a lanzar una llamarada, pero esa vez fue más suave que la anterior. Los humanos se percataron de ellos y empezaron a organizar el contraataque:
- ¡Derribarlo! –gritó el que parecía estar al mando- ¡Derribar al dragón!
Unos empezaron a hostigarlo con las lanzas mientras que otros le lanzaban redes o las mismas hachas a las alas para que cayese.
Estaba perdido. Había perdido demasiada sangre y ellos eran demasiados. No quería dejar de luchar, pero las fuerzas le fallaron y calló precipitadamente al rocoso suelo de la cueva. Unas cuantas redes cayeron encima de él y la fría punta de metal de una lanza atravesó su corazón en un certero golpe que terminó con el viajero y su viaje al cavo de unos minutos agónicos y extrañamente silenciosos.
FIN
Amagoia Azpiroz Arrese
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